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Mahler, Sinfon’a N° 9 en Re mayor
Teatro Colon, 2006

La Nacion

Héctor Coda

Magistral Interpretación
Concierto de la Orquesta Estable del Teatro Colón , con la dirección de Stefan Lano. Programa: Sinfonía N° 9 en Re mayor, de Gustav Mahler. En el Teatro Colón.
Nuestra opinión: excelente

La interpretación de una sinfonía como la Novena de Mahler en el Colón no deja de ser un hito en la vida sinfónica de nuestro medio; en primer lugar por el esfuerzo que significa situar en el ánimo de la audiencia una obra de casi una hora y media de duración y el hecho de lograrlo con un nivel musical muy digno, como aconteció en esta oportunidad.

Pero, inmediatamente, se deberá considerar la índole de esta monumental pieza sinfónica elaborada en la etapa final de la vida del c ompositor, cuando vislumbraba la perspectiva ineluctable de un fin próximo. Es pues, un testimonio vivencial y estético -quiérase o no- situado en el umbral de su existencia, cuando todo recuerdo o sensación por mínimos que fuesen estarían exacerbados, si bien toda sanción de la memoria antes que informar el proceso mismo de su creación, parece ser el sustrato de un magma caótico e hipertrofiado -con riesgo de disgregación- que presenta como alternativas la digresión o la libertad imaginativa.

Situado en un punto diametralmente opuesto a las convenciones sinfónicas y la sujeción a las formas tradicionales, los cuatro movimientos de la Novena -dos movimientos lentos que enmarcan a dos rápidos, todos en distintas tonalidades y de muy distinto carácter-, se asimilarían así a capítulos de una novela autobiográfica en los que la aglomeración y el abigarramiento de motivos vertidos en una compleja y diversificada orquestación convierten su acceso en tarea ciclópea.

Sin embargo, todo ello no configuró una labor imposible para Stefan Lano, cuya concentración en la obra pese a su vastedad y heterogeneidad, combinó un rigor interpretativo -no exclusivamente basado en la precisión y la exactitud-, con la flexibilidad que el genio de Mahler exige en una obra de estas características. La Orquesta Estable respondió con alto nivel de eficacia y ajuste a sus indicaciones en todo momento, índice de una compenetración que contó con un constante contralor dinámico desde el podio que fue desde la obtención de expresivos pianissimos hasta las más restallantes eclosiones sonoras.

La maravilla
Extasiado -y con razón- ante el primer movimiento ( andante commodo ), Alban Berg lo calificó como la música "más maravillosa"de Mahler, en la que el significativo silencio inicial parece prolongar los últimos compases de La canción de la tierra , con los iniciales de la Novena abriendo así las puertas de una per cepción hacia lo infinito. Su tono grave, encarado por los chelos seguidos por los cornos y el arpa, culminaron en una exhalación inicial de lirismo, al que seguirían densas concentraciones armónicas, bellos solos instrumentales de la flauta y el violín concertino y la vigencia de grupos instrumentales que, combinados sectorialmente, fueron configurando una diversificada trama tímbrica, la que a lo largo de la sinfonía introduciría al oyente en un clima decididamente expresionista.

La fulgurante combinación de timbres en el segundo movimiento ( In Tempo eines gemächtliches Ländlers ), con la rusticidad armónica de secas sonoridades del rítmico Ländler austríaco se halla aquí sometido a insólitos contrapuntos en los que el sarcasmo se manifestó en las ríspidas articulaciones en las cuerdas. La variación de los tempi fijados por Mahler tuvo acertada traducción en el vital impulso inicial que devino luego en una desvaida parodia de la danza, p ara culminar finalmente en un movimiento frenético.

Lano galvanizó a la orquesta en la exposición del Rondó-Burleke que siguió, con el ímpetu pujante y el brillo de la trompetería desde el comienzo. Si se añade a ello la densidad contrapuntística y las dislocaciones extravagantes que van unidas al carácter del movimiento, se podría decir que fue éste uno de los momentos más logrados del rendimiento orquestal. Restaría, empero, la pureza sonora y la expresividad coral del adagio , de clara unidad estilística, vertido con profunda intensidad y con serena grandeza -quizás, el verdadero adiós de Mahler-, seductoras sonoridades y logrados contrastes de fortepiano así como subyugantes fusiones tímbricas de arpa, flauta y oboe, con una culminación sonora a plena orquesta y, luego, su admirable pianissimo final que se interna en el silencio.