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Bruckner, Sinfon’a Nº 8 en Do menor
Teatro Colon, 2006

La Nacion

Juan Carlos Montero

Emotiva versión de Bruckner
Concierto de la Orquesta Estable del Teatro Colón. Director titular: Stefan Lano. Programa: Sinfonía Nº 8 en Do menor de Anton Bruckner (versión de Robert Haas). Ciclo musical organizado en colaboración con la Fundación Amigos de la DAIA. Teatro Colón.
Nuestra opinión: excelente

No pudo ser más emotivo y jerarquizado el homenaje ofrecido por la Fundación Amigos de la DAIA y el Teatro Colón al 12º aniversario del atentado a la sede de AMIA-DAIA y al recuerdo de las inocentes víctimas, primero con sentidas palabras y un profundo minuto de silencio y de inmediato con la ejecución de la octava sinfonía de Anton Bruckner. Se trata de un inmenso fresco sonoro que con cierta frecuencia se ha bautizado "Sinfonía del destino" por analogía con la quinta sinfonía de Beethoven, acaso una comparación que sólo podría justificarse por los opuestos entre un canto épico victorioso, en la de éste, y una visión del hombre que tiene por cometido revelar la realidad de Dios y luchar por ella, en la de Bruckner.

Pero, además, la composición ofrecida como única obra del programa es una de las cimas de la sinfonía del siglo XIX o del sinfonismo romántico, concepto que podría ser discutido a pesar de la significación del inmenso final que bien podría ser tomado como un modelo o "Arte de la sinfonía" porque parece involucrar en un postrer homenaje a toda la evolución del género como lo fue en otro terreno el "Arte de la fuga", en Bach.

Otro acierto fue haber planificado tamaña empresa otorgando la responsabilidad a Stefan Lano y a la Orquesta Estable del Teatro Colón, conjunción que demostró de manera contundente la capacidad y la solvencia artística del director y los quilates de un organismo, acaso uno de los pocos que desde el foso, a lo largo de toda la temporada, hace un ejercicio de maleabilidad para abordar los más intrincados y contrastados lenguajes, pero con la suma de buscar la sonoridad bella y equilibrada que esté al servicio del canto y de la voz. Y esto es un ventaja inapreciable porque no son muchas las orquestas habituadas a abordar un repertorio tan cambiante; Verdi y Puccini con Britten, Wagner o Schoenberg, Donizetti, Rossini y Bellini, con Debussy, Ravel o Penderecki y ni que hablar cuando se debe servir a Monteverdi, Mozart, Richard Strauss o Krenek.

En fin, que la Estable cumplió una de sus mejores actuaciones de los último tiempos, al haber proyectado esas virtudes que le son exclusivas, como la densidad de los graves, la amplitud de su rango dinámico y la maestría que adquiere en los pasajes con efectos de transparencias cristalinas y esfumaturas.

Lógicamente que alcanzar una versión tan notable como la que se escuchó fue posible por la impecable labor de Stefan Lano, no sólo dotado para transmitir con claridad sus conceptos, sino también porque ofreció una versión de conmovedora enjundia, que en el primer movimiento respira una sensación de dramática consternación que se ahonda en el final de ese allegro moderato inicial hacia el final, con los lejanos timbales y ligeros pizzicati de las cuerdas graves.

Luego desgranó con profundidad el scherzo con expresión rústica y nostálgica, y el clima de misterio con las llamadas de las trompas que mueven la imaginación sobre un bosque y los delicados arpegios de las arpas para completar una visión de ensueño. El famoso trío indicado como "lento" es un momento muy logrado del autor que con habilidad combinó un bello pasaje de la trompa con arpegios de arpa y ricas modulaciones.

Y el adagio que lleva la indicación expresa del autor ("lentamente, pero sin demorarse") con un canto de los violines sencillo y conciso que concluye con un vigoroso coral, admirable inspiración, fueron detalles que Lano transmitió con sobriedad y profunda persuasión que todavía habría de ser más marcado a lo largo de todo el finale que lleva indicado "solemne, pero sin precipitación" y que es el último movimiento conclusivo que escribiera Bruckner, ya que el de la novena sinfonía, no sería terminado jamás. Coronación de toda la catedral sonora del autor que, además, tiene la particularidad y grandeza de que en la coda final se escucha una admirable conjunción de los motivos contenidos en los movimientos anteriores, algo así como una recapitulación, pero aquí a cargo de diferentes grupos instrumentales con tersuras y colores de sonido diferentes. Una visión de conjunto que se cree sin parangón en la tradición sinfónica.

La ovación fue unánime, como no podía ser de otro modo en una jornada de tan honda significación espiritual y artística, que a nuestro juicio debería ser reiterada en dos o tres conciertos a precios accesibles, porque una contribución con tanta entrega y calidad es merecedora de ser apreciada por multitudes.