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Wagner, Tristan und Isolde
Teatro Colón, 2005

LA NACION

Juan Carlos Montero, 10/05

La Estable y su regreso con gloria
Todo estaba dado en contra de un buen resultado cuando se anunció inesperadamente un concierto de la Estable con la batuta de Stefan Lano. Y para mayor desaliento era un domingo de tarde con fin de semana largo. Por otra parte parecía muy comprometida la situación de la orquesta porque debía medirse a renglón seguido de las presentaciones de la Filarmónica de Dresden -¡y con la misma página de Wagner para comenzar!- frente a un público que había abonado por una ópera y después de mucho tiempo sin la práctica de conciertos sinfónicos en su repertorio. Por lo tanto, la suma de esos detalles parecían contribuir a que se llevara a cabo una función intrascendente, con poco público, muchas caras largas de los melómanos como del personal de sala.

Por fortuna nada de eso destiñó el aspecto básico de este concierto. Excelencia musical incuestionable que hecha por tierra opiniones descarnadas sobre el sistema de estabilidad, adquiriendo un significado aleccionador. Ya con los primeros compases del preludio y muerte de amor, de "Tristán e Isolda", de Wagner, nos embargó una sensación de enorme satisfacción al comprobar que las dos versiones, la de Dresden y la de la Estable podían ser comparadas en un mismo plano de calidad, pero con criterios interpretativos diferentes de ambos maestros.

Ahora, con Stefan Lano, una versión más visceral y romántica y desde el punto de vista técnico de magnífica sonoridad de la orquesta, aquel que caracterizó desde siempre a la Estable, robusto en los graves, diáfano en los registros agudos, exuberante en los forti, sutil en los pasajes pianissimi y aterciopelado en la zona central de las cuerdas y maderas, sumando el rango dinámico y los matices más delicados propios de las orquestas habituadas al mundo de la ópera del mejor cuño y que adquieren una muy exclusiva maleabilidad expresiva.

Otro factor positivo se escuchó con la obra de Mahler. El concepto de Lano logró dar con el ideal de la atmósfera que emanan las cuatro sugerentes "Canciones de un caminante" inspiradas en elementales poemas del "Cuerno mágico de la juventud", para los que el autor escribió una música sutil y de amplia línea melódica con orquestación transparente y poética, ofreciéndole al solista la oportunidad de expresar el texto sin necesidad de grandes esfuerzos sonoros, sino diciendo con mesura y delicadeza.

Virginia Correa Dupuy ofreció en este sentido una interpretación intachable, no sólo por su timbre cálido, sino también por su sobria y bien matizada forma de expresar y cantar con seguridad musical, con una actitud distendida y placentera que asimismo se observó en todos los músicos atribuible sin duda a la aptitud del maestro Lano al infundir, con evidente sabiduría y muy clara batuta, esa paz tan necesaria para crear confianza y el mejor rendimiento de cada uno.

En la segunda parte se escuchó la sinfonía "Grande", de Schubert, una de sus cumbres, vertida con fascinante variedad de matices, planos y dinámicas y un rendimiento técnico de la agrupación sorprendente por su ajuste, buen sonido y luciendo a gran nivel los primeros atriles. De ahí la ovación sostenida -por fin nadie se retiró con la descortesía de darles la espalda a los intérpretes-, que obligó a repetir el andante de la obra y al final se vio una inocultable muestra de cariño para con Stefan Lano. Su vínculo comenzó con el pie derecho porque logró reverdecer la rica historia de su orquesta.